basta, donde está la concha de caracol. La corriente la alcanza por estribor, así que debemos aparejar el bauprés o nos arrastrarán a babor, que es donde está aquella hoja de haya, porque debes comprender, querida... y así continuaba, y ella escuchaba cada palabra; interpretándolas correctamente, de modo que veía, es decir, sin que él tuviera que decírselo, la fosforescencia en las olas; los carámbanos tintineando en los obenques; cómo subía a lo alto del mástil en plena tempestad; allí reflexionaba sobre el destino del hombre; volvía a bajar; se tomaba un whisky con soda; salía a tierra; era atrapado por una mujer negra; se arrepentía; lo reflexionaba; leía a Pascal; se empeñaba en escribir filosofía; compraba un mono; debatía sobre el verdadero fin de la vida; se decidía a favor del cabo de Hornos, y así sucesivamente. Todo esto y mil cosas más ella creía entenderle, de modo que cuando ella respondía: «Sí, las negras son seductoras, ¿verdad?», habiéndole contado él que las reservas de galletas se habían agotado, se quedaba sorprendido y encantado al comprobar lo bien que había captado su intención.
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V. La gran nube
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