Podía recordar, según dijo, una noche en la taberna The Cock, en Fleet Street, en la que estuvieron Kit Marlowe y algunos otros. Kit estaba de excelente humor, bastante borracho —cosa que lograba con facilidad— y con genio para decir tonterías. Lo veía ahora mismo, agitando su vaso ante la concurrencia y soltando con hipo: «Válgame Dios, Bill» (esto se lo decía a Shakespeare), «se avecina una gran ola y tú vas en la cresta», con lo cual quería decir, explicó Greene, que estaban temblando en el umbral de una gran época de la literatura inglesa y que Shakespeare iba a ser un poeta de cierta importancia. Para su propia fortuna, lo mataron dos noches más tarde en una pelea de borrachos, de modo que no vivió para ver en qué paró aquella predicción. > «Pobre insensato —dijo Greene—, ir a decir una cosa así. ¡Una gran época, no te aburres!, ¡la isabelina una gran
—Así pues, mi querido lord —continuó, acomodándose confortablemente en el sillón y frotando la copa de vino entre los dedos—, debemos sacar el mejor partido de ello, atesorar el pasado y honrar a aquellos escritores —aún quedan unos cuantos— que toman la antigüedad como modelo y escriben, no por paga, sino por el Glawr. (Orlando habría deseado que tuviera mejor acento). —El Glawr —dijo Greene— es el estímulo de las almas nobles. Si tuviera una pensión de tres libras al año pagaderas trimestralmente, viviría solo para el Glawr. Me pasaría todas las mañanas en la cama leyendo a Cicerón. Imitaría su estilo de tal modo que no podríais notar la diferencia entre nosotros. A eso lo llamo yo buena literatura —dijo Greene—; a eso lo llamo yo Glawr. Pero es necesario tener una pensión para hacerlo.
Por entonces Orlando había abandonado toda esperanza de hablar de su propia obra con el poeta; pero esto importaba tanto menos cuanto que la