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VI

Shelmerdine (que significaba azafranes en los bosques otoñíferos) o a Bonthrop (que significaba la muerte que morimos a diario) o a los tres juntos —lo que significaba más cosas de las que tenemos espacio para escribir—, todos eran diferentes y pudo haber apelado a cualquiera de ellos.

Tal vez; pero lo que parecía cierto (pues nos hallamos ahora en el reino del «tal vez» y del «parece») era que la persona que más necesitaba se mantenía al margen, ya que ella, a juzgar por lo que decía, iba cambiando de yo tan deprisa como conducía —había uno nuevo en cada esquina—, como sucede cuando, por alguna razón inexplicable, el yo consciente, que es el superior y tiene el poder de desear, desea no ser más que un solo yo. Esto es lo que algunas personas llaman el verdadero yo, el cual está compuesto, según dicen, de todos los yos que llevamos dentro; dominado y encerrado por el yo Capitán, el yo Llave, que los amalgama y controla a todos. Orlando estaba buscando sin duda este yo, como el lector puede deducir al escuchar por casualidad su conversación mientras conducía (y si es una charla divagante, inconexa, trivial, aburrida y a veces ininteligible, la culpa es del lector por escuchar a una dama hablando sola; nosotros nos limitamos a copiar sus palabras tal como las pronunciaba, añadiendo entre corchetes qué yo creemos que está hablando, aunque en esto bien podríamos equivocarnos).

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