Y no andaban muy descaminados. La enfermedad inglesa, el amor por la Naturaleza, era innato en ella, y aquí, donde la Naturaleza era mucho más vasta y poderosa que en Inglaterra, cayó en sus garras como jamás lo había hecho antes.
El mal es de sobra conocido y ha sido, por desgracia, descrito con demasiada frecuencia como para volver a describirlo, salvo muy brevemente.
Había montañas, había valles; había arroyos. Escalaba las montañas; deambulaba por los valles; se sentaba en las orillas de los arroyos.
Comparó las colinas con murallas, con pechos de paloma y flancos de ganado. Comparó las flores con esmalte y la hierba con alfombras turcas gastadas. Los árboles eran brujas ajadas, y las ovejas, peñascos grises. Todo, de hecho, era otra cosa.
Encontró el estanque en la cima de la montaña y estuvo a punto de arrojarse en él en busca de la sabiduría que creía oculta allí; y cuando, desde la cima, contempló a lo lejos, a través del mar de Mármara, las llanuras de Grecia, y distinguió (tenía una vista admirable) la Acrópolis con una o dos manchas blancas que debían de ser, pensó, el Partenón, su alma se dilató junto con sus globos oculares, y rogó poder compartir la majestad de las colinas, conocer la serenidad de las llanuras, etcétera, etcétera, como hacen todos los fieles de esta clase.
Luego, mirando hacia abajo, el jacinto rojo, el iris morado la hicieron prorrumpir en gritos de éxtasis ante la bondad, la belleza de la naturaleza;