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IV. Orlando

“Gozaba de perfecta salud corporal y tranquilidad de espíritu; no experimenté la traición o inconstancia de un amigo ni las injurias de un enemigo secreto o declarado.

No tuve necesidad de sobornar, lisonjear o proxenetear para procurar el favor de ningún gran señor o de su favorito. No me hizo falta ninguna defensa contra el fraude o la opresión; no había aquí ni médico que destruyera mi cuerpo, ni abogado que arruinara mi fortuna; ningún delator que vigilara mis palabras y acciones, o forjara acusaciones contra mí por dinero; no había aquí bufones, censores, recaderos, carteristas, salteadores de caminos, ladrones de casas, procuradores, alcahuetas, payasos, jugadores, políticos, ingenios, ni habladores melancólicos y tediosos.⁠ ⁠…”

Pero detente, detente con tu piel de hierro de palabras, ¡no sea que nos desuelles vivos a todos, y a ti mismo también!

Nada puede ser más claro que ese hombre violento. Es tan tosco y sin embargo tan pulcro; tan brutal, y a la vez tan bondadoso; desdeña al mundo entero, pero le habla en lengua de bebé a una muchacha, y morirá, ¿podemos dudarlo?, en un manicomio.

De modo que Orlando les sirvió té a todos; y a veces, cuando el tiempo era bueno, se los

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