Orlando no miró más. Echó a correr colina abajo. Se abrió paso por una puertecilla. Subió a toda prisa por la escalera de caracol. Llegó a su habitación. Tiró las calzas a un lado del cuarto, el sayo al otro. Metió la cabeza en agua. Se fregó las manos. Se cortó las uñas.
Con poco más de quince centímetros de espejo y un par de viejas velas para ayudarle, se había enfundado unos calzones carmesíes, un cuello de encaje, un chaleco de tafetán y unos zapatos con rosetas tan grandes como dalias dobles en menos de diez minutos, según el reloj de la caballeriza.
Estaba listo. Estaba sofocado. Estaba emocionado. Pero iba terriblemente tarde.
Por atajos que le eran conocidos, se abrió paso ahora a través de la vasta amalgama de habitaciones y escaleras hasta el gran salón de banquetes, situado a cinco acres de distancia, al otro lado de la casa.
Pero a mitad de camino, en las dependencias traseras donde vivían los sirvientes, se detuvo.
La puerta de la salita de la señora Stewkley estaba abierta —sin duda, ella se había ido con todas sus llaves a atender a su ama—. Pero allí, sentado a la mesa del comedor de los sirvientes, con una jarra al lado y papel delante, había un hombre bastante gordo y bastante desaliñado, cuyo gorguera estaba un tanto sucia y cuyas ropas eran de jerga parda.
Sostenía una pluma en la mano, pero no estaba escribiendo. Parecía estar dando vueltas a un pensamiento en su mente, de un lado a otro, hasta que cobrara la forma o el impulso de su agrado. Sus ojos, globulares y nublados como alguna piedra verde de textura curiosa, estaban fijos. No vio a Orlando.