Pero Orlando, a pesar de todo, siguió pensando. Tenía, en verdad, mucho en qué pensar.
Pues cuando rompió el pergamino, desgarró de un solo tajo el enroscado y heráldico rollo que había redactado a su favor en la soledad de su habitación, autoproclamándose —como el rey designa a los embajadores— primer poeta de su estirpe, primer escritor de su época, confiriendo la inmortalidad eterna a su alma y concediendo a su cuerpo una tumba entre laureles y las intangibles banderas de la perpetua veneración de un pueblo.
Por muy elocuente que fuera todo aquello, ahora lo hizo jirones y lo arrojó al cubo de la basura.
«La fama —dijo— es como» (y puesto que no había ningún Nick Greene que lo detuviera, se entregó al goce de unas imágenes de las cuales solo elegiremos una o dos de las más discretas) «una casaca galoneada que entorpece los miembros; una chaqueta de plata que oprime el corazón; un escudo pintado que cubre a un espantapájaros», etcétera, etcétera.
La quintaesencia de sus frases era que, mientras la fama estorba y constriñe, la oscuridad envuelve al hombre como una neblina; la oscuridad es sombría, amplia y libre; la oscuridad deja que la mente siga su curso sin obstáculos. Sobre el hombre oscuro se vierte la piadosa infusión de la penumbra. Nadie sabe adónde va ni de dónde viene. Puede buscar la verdad y decirla; él solo es libre; él solo es veraz; él solo está en paz.
Y así cayó en un estado de ánimo apacible, bajo el roble, cuyas raíces duras, asomadas a flor de tierra, le parecieron más bien cómodas que lo contrario.