«Addison, Dryden, Pope», repitió Orlando como si las palabras fuesen un conjuro. Por un instante vio las altas montañas sobre Bursa; al siguiente, había puesto el pie en su suelo natal.
Pero ahora Orlando iba a aprender cuán poco vale el más tempestuoso aleteo de la emoción contra el rostro de hierro de la ley; cuán más dura es que las piedras del Puente de Londres, y más severa que las fauces de un cañón. Tan pronto como hubo regresado a su hogar en Blackfriars, una sucesión de agentes de Bow Street y otros graves emisarios de los tribunales de justicia le hicieron saber que era parte en tres demandas principales interpuestas en su contra durante su ausencia, así como de innumerables litigios menores, unos derivados de aquellos y otros dependientes de ellos. Los principales cargos en su contra eran: 1) que estaba muerta y, por tanto, no podía poseer propiedad alguna; 2) que era mujer, lo cual viene a ser casi lo mismo; 3) que era un duque inglés que se había casado con una bailarina llamada Rosina Pepita, y había tenido con ella tres hijos, los cuales, declarando ahora que su padre había fallecido, reclamaban que todas sus propiedades les correspondían. Tan graves acusaciones requerirían, por supuesto, tiempo y dinero para ser resueltas. Todas sus propiedades fueron retenidas por el Tribunal de la Cancillería y sus títulos declarados en suspensión mientras duraran los litigios. Así pues, en una condición sumamente ambigua, sin saber con certeza si estaba viva o muerta, si era hombre o mujer, duque o don nadie, partió en coche hacia su mansión campestre, donde, a la espera del fallo judicial, tenía el permiso de la ley para residir en un estado de incognito o incognita, según resultara ser el caso.
Era una bella tarde de diciembre cuando llegó y la nieve caía y las sombras violetas se inclinaban casi igual que las había visto desde la colina en Bursa.