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III

vida. Cuanto la ciencia y el ingenio pudieron hacer para despertarlo, lo hicieron. Pero él seguía durmiendo.

En el séptimo día de su trances (el jueves 10 de mayo) se disparó el primer tiro de aquella terrible y sangrienta insurrección de la que el teniente Brigge había descubierto los primeros síntomas.

Los turcos se alzaron contra el sultán, prendieron fuego a la ciudad y pasaron a cuchillo o apalearon a cuantos extranjeros pudieron encontrar.

Unos pocos ingleses lograron escapar; pero, como era de esperar, los caballeros de la embajada británica prefirieron morir en defensa de sus cajitas rojas o, en casos extremos, tragarse manojos de llaves antes que dejar que cayeran en manos del infiel.

Los amotinados irrumpieron en la habitación de Orlando, pero al verle tendido y con trazas de muerto, lo dejaron en paz y solo le robaron la corona y los hábitos de la Orden de la Jarretera.

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