pura asiduidad y del uso de sus ojos, se había abierto camino en la corte, donde su destreza en la equitación, su hermoso empeine y su gracia al bailar se ganaron la admiración de todos. En cierta ocasión, sin embargo, tuvo la ocurrencia poco afortunada de azotar casi hasta la muerte, bajo la ventana de Orlando, a un spaniel que le había desgarrado una de sus medias de seda (y hay que decir, en justicia, que Favilla tenía pocas medias y esas, en su mayoría, de estameña). Orlando, que era un apasionado amante de los animales, advirtió entonces que los dientes de ella eran torcidos, y los dos incisivos vueltos hacia dentro, lo cual, según dijo, es infalible señal de un temperamento perverso y cruel en la mujer, y así rompió el compromiso aquella misma noche para siempre.
La tercera, Eufrósine, fue con mucho la más seria de sus pasiones. Era irlandesa de nacimiento, de los Desmond, y poseía por tanto un árbol genealógico propio tan antiguo y de raíces tan hondas como el del propio Orlando.
Era rubia, de faz sonrosada y un tanto flemática. Hablaba bien italiano, tenía una dentadura perfecta en la mandíbula superior, aunque la inferior estaba ligeramente descolorida. Jamás le faltaba un whippet o un spaniel junto a las rodillas; los alimentaba con pan blanco de su propio plato; cantaba dulcemente al virginal; y nunca sevestía antes del mediodía debido al extremo cuidado que dedicaba a su persona.
En suma, habría hecho una esposa perfecta para un noble como Orlando, y las cosas habían avanzado tanto que los abogados de ambas partes andaban atareados con pactos, arras, capitulaciones, mansiones, heredades y todo lo necesario antes de que una gran fortuna pueda unirse a otra, cuando —con la brusquedad y severidad que entonces caracterizaban al clima inglés— llegó la Gran Encarnación.