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IV. Orlando

Su cálculo era que el Archiduque, con todo su conocimiento de los deportes y las carreras de caballos, detectaría el fraude y, como hacer trampas en el Loo es el más espantoso de los crímenes, y por ello se ha desterrado a los hombres de la sociedad humana a la de los simios en los trópicos para siempre, calculó que él sería lo suficientemente varonil como para negarse a volver a saber nada de ella.

Pero calculó mal la sencillez del afable noble. Él no era un juez sutil de moscas. Una mosca muerta le parecía muy similar a una viva.

Le jugó la treta veinte veces y él le pagó más de 17.250 libras esterlinas (lo que equivale aproximadamente a unas 40.885 libras, 6 chelines y 8 peniques de nuestro propio dinero) antes de que Orlando hiciera trampas de manera tan burda que incluso él ya no pudo dejarse engañar por más tiempo.

Cuando por fin comprendió la verdad, se desató una escena dolorosa. El archiduque se puso en pie de un salto. Se puso escarlata. Las lágrimas le rodaban por las mejillas una a una. Que ella le hubiera ganado una fortuna no era nada —se la quedaba con su bendición—; que lo hubiera engañado era algo —le dolía pensar que

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