Porque si es temerario entrar desarmado en la guarida de un león, temerario navegar por el Atlántico en un bote de remos, temerario pararse sobre un pie en la cúspide de San Pablo, aún es más temerario irse a casa a solas con un poeta. Un poeta es Atlántico y león en uno. Mientras uno nos ahoga, el otro nos roe. Si sobrevivimos a los dientes, sucumbimos a las olas. Un hombre que puede destruir ilusiones es a la vez bestia y crecida. Las ilusiones son para el alma lo que la atmósfera para la tierra. Enrollad ese tierno aire y la planta muere, el color se desvanece. La tierra que pisamos es una brasa reseca. Es marga lo que hollamos y ardientes guijarros queman nuestros pies. Por la verdad estamos perdidos. La vida es un sueño. Es el despertar lo que nos mata. Quien nos roba nuestros sueños nos roba la vida—(y así durante seis páginas si queréis, pero el estilo es tedioso y bien puede abandonarse).
A juzgar por esto, sin embargo, Orlando debería haber sido un montón de cenizas para cuando el carruaje se detuvo ante su casa en Blackfriars. Que todavía fuera carne y hueso, aunque sin duda exhausta, se debe enteramente a un hecho sobre el que ya llamamos la atención antes en el