En verdad, a medida que pasaban los días, Orlando se cuidaba cada vez menos de disimular sus sentimientos. Con cualquier excusa, abandonaba la compañía apenas terminaban de cenar, o se escapaba de los patinadores que formaban grupos para bailar una cuadrilla. Al momento siguiente se veía que la moscovita tampoco estaba.
Pero lo que más indignaba a la Corte, hiriéndola en su parte más sensible, que es su vanidad, era que a menudo se veía a la pareja deslizarse bajo la cuerda de seda que separaba el recinto real de la zona pública del río, y desaparecer entre la multitud de la gente común.
Porque de repente la Princesa zapateaba y gritaba: «Llévenseme de aquí. Detesto a vuestra chusma inglesa», con lo cual se refería a la propia Corte inglesa.
No lo soportaba más. Estaba llena de viejas fisgonas, decía, que se le quedaban a uno mirando a la cara, y de jóvenes engreídos que le pisaban los callos. Olían mal. Sus perros se le metían entre las piernas. Era como estar en una jaula.
En Rusia tenían ríos de diez millas de ancho en los que uno podía galopar con seis caballos en línea todo el día sin encontrarse con un alma. Además, quería ver la Torre, los Beefeaters, las cabezas en Temple Bar y las joyerías de la ciudad.
Así fue como Orlando la llevó a la ciudad, le enseñó a los Beefeaters y las cabezas de los rebeldes, y le compró cuanto le antojó en la Real Bolsa. Pero esto no bastaba. Cada uno deseaba cada vez más la compañía del otro en la intimidad durante todo el día, allí donde no hubiera nadie que se maravillara o se quedara mirando.