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IV. Orlando

flaco y malformado estaba sacudido por una variedad de emociones. Dardos de malicia, rabia, triunfo, ingenio y terror (temblaba como una hoja) brotaban de sus ojos. Parecía un escarabajo regordete con un topacio ardiente incrustado en la frente. Al mismo tiempo, la más extraña tempestad de emociones se apoderó de la desdichada Orlando. Un desencanto tan completo como el infligido hacía apenas una hora deja la mente oscilando de un lado a otro. Todo parece diez veces más desnudo y austero que antes. Es un momento cargado de sumo peligro para el espíritu humano. Las mujeres se hacen monjas y los hombres sacerdortes en tales momentos. En tales momentos, los hombres ricos ceden su fortuna y los hombres felices se cortan el cuello con cuchillos de trinchar. Orlando lo habría hecho todo de buena gana, pero aún le quedaba por hacer algo más temerario, y lo hizo. Invitó al señor Pope a su casa.

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