Y de nuevo desciende la oscuridad, ¡y ojalá fuera más densa!
¡Ojalá —casi nos dan ganas de exclamar— fuera tan densa que no pudiéramos ver absolutamente nada a través de su opacidad! ¡Ojalá pudiéramos tomar aquí la pluma y escribir Finis en nuestra obra! ¡Ojalá pudiéramos ahorrarle al lector lo que está por venir y decirle con todas las letras, Orlando murió y fue enterrado!
Pero aquí, por desgracia, la Verdad, la Franqueza y la Honradez, los austeros dioses que montan guardia junto al tintero del biógrafo, ¡gritan que no!
Llevándose las trompetas de plata a los labios, exigen de un solo soplo: ¡La Verdad! Y de nuevo gritan: ¡La Verdad!, y sonando por tercera vez al unísono, proclaman a todo volumen: ¡La Verdad y nada más que la Verdad!
A lo cual—¡alabado sea el Cielo! pues nos concede un respiro—, las puertas se abren suavemente, como si el soplo del céfiro más apacible y sagrado las hubiera separado, y tres figuras hacen su entrada. Primero