CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 75 de 312
Table of Contents

Capítulo II

todas se tomaron de las manos e hicieron de su corazón su pista de baile. Erguido en la soledad de su habitación, juró que sería el primer poeta de su linaje y traería un brillo inmortal a su nombre. Dijo (recitando los nombres y las hazañas de sus antepasados) que sir Boris había luchado y matado al pagano; sir Gawain, al turco; sir Miles, al polaco; sir Andrew, al franco; sir Richard, al austríaco; sir Jordan, al francés; y sir Herbert, al español. Pero de toda aquella matanza y aquellas campañas, de aquel beber y hacer el amor, de aquel gastar y cazar y cabalgar y comer, ¿qué quedaba? Un cráneo; un dedo. Mientras que, dijo, volviéndose hacia la página de sir Thomas Browne que yacía abierta sobre la mesa⁠—y de nuevo se detuvo. Como un ensalmo que surgía de todos los rincones de la habitación, del viento nocturno y de la luz de la luna, resonó la divina melodía de aquellas palabras que, para no desentonar en esta página, dejaremos donde yacen sepultadas, no muertas, más bien embalsamadas, tan fresco es su color, tan viva su respiración⁠—, y Orlando, comparando tal logro con el de sus antepasados, exclamó que ellos y sus hazañas eran polvo y ceniza, pero este hombre y sus palabras eran inmortales.

Pronto advirtió, sin embargo, que las batallas que sir Miles y los demás habían librado contra caballeros armados para conquistar un reino no eran ni la mitad de arduas que esta que ahora emprendía para conquistar la inmortalidad frente a la lengua inglesa.

A cualquiera moderadamente familiarizado con los rigores de la composición no hará falta contarle la historia en detalle; cómo escribía y le parecía bueno; leía y le parecía vil; corregía y rompía; recortaba; añadía; estaba eufórico; desesperado; tenía buenas noches y malas mañanas; atrapaba ideas y las perdía; veía su libro nítido ante sí y este se desvanecía; interpretaba los papeles de sus personajes mientras comía; los gesticulaba mientras caminaba; ahora lloraba; ahora reía; vacilaba entre este estilo y aquel; ahora prefería lo heroico y pomposo; luego lo llano y sencillo; ahora los valles de Tempe; después los campos de Kent o Cornualles; y no lograba decidir si era el más divino de los genios o el mayor imbécil del mundo.

75