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Capítulo II

Fue para resolver esta última cuestión que decidió, tras muchos meses de tan febril labor, romper la soledad de años y comunicarse con el mundo exterior.

Tenía un amigo en Londres, un tal Giles Isham, de Norfolk, quien, aunque de noble cuna, conocía a escritores y sin duda podía ponerle en contacto con algún miembro de esa bendita, e incluso sagrada, cofradía.

Porque para Orlando, tal como se encontraba entonces, había en un hombre que había escrito un libro y lo había visto impreso una gloria que eclipsaba todas las glorias de la sangre y del Estado.

A su imaginación le parecía que hasta los cuerpos de aquellos que estaban inyectados de tan divinos pensamientos debían de estar transfigurados. Debían de tener aureolas por cabello, incienso por aliento, y debían de crecer rosas entre sus labios⁠—lo cual ciertamente no era verdad ni de él ni del señor Dupper.

No podía concebir mayor felicidad que la de que le permitieran sentarse tras una cortina y oírles hablar. Incluso la sola imaginación de aquella charla audaz y variada hacía que el recuerdo de lo que él y sus amigos cortesanos solían hablar⁠—un perro, un caballo, una mujer, una partida de naipes⁠— pareciera de lo más abyecto.

Pensó con orgullo que siempre le habían tenido por un erudito, y que se habían mofado de su afición por la soledad y los libros.

Nunca se le habían dado bien las frases bonitas. Se quedaba completamente quieto, se sonrojaba y caminaba a zancadas como un granadero en el salón de una dama.

Se había caído del caballo dos veces, por pura distracción. Una vez le había roto el abanico a lady Winchilsea mientras componía una rima.

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