Fue para resolver esta última cuestión que decidió, tras muchos meses de tan febril labor, romper la soledad de años y comunicarse con el mundo exterior.
Tenía un amigo en Londres, un tal Giles Isham, de Norfolk, quien, aunque de noble cuna, conocía a escritores y sin duda podía ponerle en contacto con algún miembro de esa bendita, e incluso sagrada, cofradía.
Porque para Orlando, tal como se encontraba entonces, había en un hombre que había escrito un libro y lo había visto impreso una gloria que eclipsaba todas las glorias de la sangre y del Estado.
A su imaginación le parecía que hasta los cuerpos de aquellos que estaban inyectados de tan divinos pensamientos debían de estar transfigurados. Debían de tener aureolas por cabello, incienso por aliento, y debían de crecer rosas entre sus labios—lo cual ciertamente no era verdad ni de él ni del señor Dupper.
No podía concebir mayor felicidad que la de que le permitieran sentarse tras una cortina y oírles hablar. Incluso la sola imaginación de aquella charla audaz y variada hacía que el recuerdo de lo que él y sus amigos cortesanos solían hablar—un perro, un caballo, una mujer, una partida de naipes— pareciera de lo más abyecto.
Pensó con orgullo que siempre le habían tenido por un erudito, y que se habían mofado de su afición por la soledad y los libros.
Nunca se le habían dado bien las frases bonitas. Se quedaba completamente quieto, se sonrojaba y caminaba a zancadas como un granadero en el salón de una dama.
Se había caído del caballo dos veces, por pura distracción. Una vez le había roto el abanico a lady Winchilsea mientras componía una rima.