CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 268 de 312
Table of Contents

VI

Y sin embargo, algún cambio había. Pues mientras él seguía parloteando sobre tomar a Addison como modelo (antes había sido Cicerón, pensó ella) y quedarse en la cama por la mañana (lo cual, pensó orgullosa, la pensión que ella le pagaba trimestralmente le permitía hacer) saboreando las mejores obras de los mejores autores durante una hora, al menos, antes de poner la pluma sobre el papel, para que la vulgaridad del presente y la condición deplorable de nuestra lengua vernácula (había vivido mucho tiempo en América, creía ella) pudieran ser purificadas... mientras él seguía hablando casi del mismo modo en que Greene lo había hecho trescientos años atrás, ella tuvo tiempo de preguntarse, ¿cómo era entonces que había cambiado? Se había vuelto rechoncho; pero era un hombre que frisaba los setenta. Se había vuelto lustroso: la literatura había sido una ocupación próspera, evidentemente; pero de algún modo aquella vieja vivacidad inquieta e incómoda había desaparecido. Sus historias, por brillantes que fuesen, ya no eran tan libres y fáciles. Mencionaba, es verdad, a «mi querido amigo Pope» o a «mi ilustre amigo Addison» cada dos por tres, pero irradiaba un aire de respetabilidad que deprimía y, al parecer, prefería ilustrarla sobre los actos y dichos de sus propios parientes de sangre en lugar de contarle, como solía hacer antaño, chismes sobre los poetas.

Orlando se sentía inexplicablemente decepcionada. Había considerado la literatura durante todos esos años (su reclusión, su rango y su sexo deben servirle de excusa) como algo tan salvaje como el viento, tan cálido como el fuego, tan veloz como el rayo; algo errante, incalculable, abrupto; y he aquí que la literatura era un caballero maduro con traje gris que hablaba de duquesas. La violencia de su desengaño fue tal que un corchete o botón que le abrochaba la parte superior del vestido saltó, y sobre la mesa cayó «El roble», un poema.

“¡Un manuscrito!”, dijo sir Nicholas, colocándose el pince-nez de oro. “¡Qué interesante, qué extraordinariamente interesante! Permítame que

268