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VI

entonces le escribirá una pequeña nota (y mientras escriba pequeñas notas a nadie le importa que una mujer escriba tampoco) y concertará una cita para el anochecer del domingo y el anochecer del domingo llegará; y el guardabosques silbará bajo la ventana⁠—todo lo cual es, por supuesto, la esencia misma de la vida y el único tema posible para la ficción. ¿Seguro que Orlando hizo alguna de estas cosas? Ay⁠—mil veces, ay, Orlando no hizo ninguna de ellas. ¿Debe entonces admitirse que Orlando era uno de esos monstruos de iniquidad que no aman? Era bondadosa con los perros, fiel a sus amigos, la generosidad misma con una docena de poetas hambrientos, tenía pasión por la poesía. Pero el amor⁠—tal como lo definen los novelistas varones⁠—¿y quiénes, al fin y al cabo, hablan con mayor autoridad?⁠—no tiene nada en absoluto que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesía. El amor consiste en quitarse la enaguas y⁠—Pero todos sabemos qué es el amor. ¿Hizo eso Orlando? La verdad nos obliga a decir que no, que no lo hizo. Si entonces el sujeto de una biografía de uno ni ama ni mata, sino que solo piensa e imagina, podemos concluir que él o ella no es mejor que un cadáver y dejarla así.

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