entonces le escribirá una pequeña nota (y mientras escriba pequeñas notas a nadie le importa que una mujer escriba tampoco) y concertará una cita para el anochecer del domingo y el anochecer del domingo llegará; y el guardabosques silbará bajo la ventana—todo lo cual es, por supuesto, la esencia misma de la vida y el único tema posible para la ficción. ¿Seguro que Orlando hizo alguna de estas cosas? Ay—mil veces, ay, Orlando no hizo ninguna de ellas. ¿Debe entonces admitirse que Orlando era uno de esos monstruos de iniquidad que no aman? Era bondadosa con los perros, fiel a sus amigos, la generosidad misma con una docena de poetas hambrientos, tenía pasión por la poesía. Pero el amor—tal como lo definen los novelistas varones—¿y quiénes, al fin y al cabo, hablan con mayor autoridad?—no tiene nada en absoluto que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesía. El amor consiste en quitarse la enaguas y—Pero todos sabemos qué es el amor. ¿Hizo eso Orlando? La verdad nos obliga a decir que no, que no lo hizo. Si entonces el sujeto de una biografía de uno ni ama ni mata, sino que solo piensa e imagina, podemos concluir que él o ella no es mejor que un cadáver y dejarla así.
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