soportes para las jofainas en el cuartito que conducía a la antesala del paje de la Duquesa; el señor Greene había dejado una mancha en la alfombra con su asquerosa pipa, que ella y Judy, a pesar de fregar y fregar, jamás habían logrado quitar. En efecto, cuando Orlando se puso a calcular el costo de amueblar con sillas de palisandro y bargueños de madera de cedro, con lebrillos de plata, boles de porcelana y alfombras persas, cada una de las tres y sesenta y cinco habitaciones que la casa contenía, vio que no sería tarea baladí; y si le sobraban unos cuantos miles de libras de su hacienda, con eso apenas le alcanzaría para tapizar unas pocas galerías, dotar al comedor de buenas sillas talladas y proveer espejos de plata maciza y sillas del mismo metal (por las que sentía una pasión desmedida) para el amueblamiento de las cámaras reales.
Se puso entonces manos a la obra de verdad, como podemos demostrar sin lugar a dudas si miramos sus libros de contabilidad. Echemos un vistazo a un inventario de lo que compró en este período, con los gastos sumados al margen—pero estos los omitimos.
- “A cincuenta pares de mantas españolas, ídem cortinajes de tafetán carmesí y blanco; los ceneferos de los mismos en raso blanco bordado con seda carmesí y blanca. …”
- “A setenta sillas de raso amarillo y sesenta taburetes, a juego con sus fundas de crea de algodón para todos ellos. …”
- “A sesenta y siete mesas de nogal. …”
- “A diecisiete docenas de cajas que contienen cada docena cinco docenas de vasos de Venecia. …”
- “A ciento dos esteras, de treinta yardas de largo cada una. …”
- “A noventa y siete cojines de damasco carmesí ribeteados con encaje de pergamino plateado y banquecitas de tela de tejido y sillas a juego. …”
- “A cincuenta lámparas de brazos para una docena de luces cada una. …”