relato. Cuanto menos vemos, más creemos. Ahora bien, las calles que se extienden entre Mayfair y Blackfriars estaban en aquella época muy imperfectamente iluminadas. Es cierto que el alumbrado suponía una gran mejora respecto al de la época isabelina. Entonces, el caminante perdido tenía que fiarse de las estrellas o de la llama roja de algún sereno para salvarse de las fosas de grava en Park Lane o de los robledales donde los cerdos hocicaban en Tottenham Court Road. Pero aun así distaba mucho de nuestra eficiencia moderna. Había farolas alimentadas con aceite cada dos cientos yardas más o menos, pero entre medias seextendía un trecho considerable de negrura absoluta. Así pues, durante diez minutos Orlando y el señor Pope se encontraban en la oscuridad; y luego, durante medio minuto más o menos, de nuevo en la luz. De este modo se gestó en Orlando un estado mental muy extraño. A medida que la luz se desvanecía, comenzó a sentir cómo se extendía sobre ella el más delicioso bálsamo. «Es este, en verdad, un grandísimo honor para una joven, ir paseando en coche con el señor Pope», empezó a pensar, mirando el perfil de su nariz. «Soy la más afortunada de mi sexo. A media pulgada de mí —de hecho, noto el nudo de sus ligas de la rodilla presionando mi muslo— está el mayor ingenio de los dominios de Su Majestad. Las edades futuras pensarán en nosotros con curiosidad y me envidiarán con furia». Aquí volvía a aparecer la farola. «¡Qué criatura tan tonta soy!», pensó. «La fama y la gloria no existen. Las edades venideras jamás dedicarán un pensamiento ni a mí ni al señor Pope tampoco. ¿Qué es una “época”, en efecto? ¿Qué somos “nosotros”?», y su ciego avance por Berkeley Square se le antojo el tantear de dos hormigas ciegas, arrojadas momentáneamente la una contra la otra sin interés ni inquietud en común, a través de un desierto ennegrecido. Se estremeció. Pero aquí estaba de nuevo la oscuridad. Su ilusión revivió. «Qué noble es su frente», pensó (confundiendo en la oscuridad un bulto del cojín con la frente del señor Pope). «¡Qué peso de genio habita en ella! ¡Qué ingenio, sabiduría y verdad; qué caudal, en fin, de todas esas joyas por las que la gente está dispuesta a dar su vida! La vuestra es la
Table of Contents
IV. Orlando
199