Cómo podía ser eso con Shakespeare, Marlowe, Ben Jonson, Browne, Donne, todos escribiendo ahora o acabando de escribir, Orlando, recitando los nombres de sus héroes favoritos, no alcanzaba a comprenderlo.
Greene se rio con sarcasmo. Shakespeare, admitió, había escrito algunas escenas que estaban bastante bien; pero las había tomado principalmente de Marlowe. Marlowe era un muchacho prometedor, ¿pero qué se podía decir de un joven que moría antes de cumplir los treinta? En cuanto a Browne, se dedicaba a escribir poesía en prosa, y la gente pronto se cansaba de caprichos como aquel. Donne era un charlatán que había envuelto su falta de significado en palabras difíciles. Los ingenuos picaban; pero el estilo pasaría de moda en doce meses. En cuanto a Ben Jonson—Ben Jonson era amigo suyo y jamás hablaba mal de sus amigos.
No, concluyó, la gran época de la literatura ha pasado; la gran época de la literatura fue la griega; la era isabelina era inferior en todos los aspectos a la griega. En tales épocas los hombres abrigaban una ambición divina que él podría llamar La Gloire (la pronunciaba Glóor, de modo que Orlando no captó su significado al principio). Ahora todos los jóvenes escritores estaban a sueldo de los libreros y vertían cualquier porquería que se pudiera vender. Shakespeare era el principal culpable en este sentido y Shakespeare ya estaba pagando la pena. Su propia época, dijo, estaba marcada por vanidosos conceptos y experimentos descabellados, ninguno de los cuales los griegos habrían tolerado ni por un momento. Por mucho que le doliera decirlo —pues amaba la literatura como a su propia vida—, no veía nada bueno en el presente y no abrigaba esperanza alguna para el futuro. Llegados a este punto, se sirvió otra copa de vino.
Orlando se sentía escandalizado por estas doctrinas; sin embargo, no pudo dejar de notar que el crítico mismo no parecía estar para nada abatido. Por el contrario, cuanto más denigraba su propia época, más complacido se mostraba.