Orlando entró. Estaba todo completamente quieto. Había un gran silencio. Ahí estaba el tintero; ahí la pluma; ahí el manuscrito de su poema, interrumpido a mitad de un tributo a la eternidad. Estaba a punto de decir, cuando Basket y Bartholomew interrumpieron con las cosas del té, nada cambia. Y entonces, en el espacio de tres segundos y medio, todo había cambiado: se había roto el tobillo, se había enamorado, se habia casado con Shelmerdine.
Allí estaba la alianza de boda en su dedo para demostrarlo. Era cierto que se la había puesto ella misma antes de conocer a Shelmerdine, pero aquello había resultado peor que inútil. Ahora hacía girar el anillo una y otra vez, con reverencia supersticiosa, procurando que no fuera a escapársele más allá de la articulación del dedo.
«La alianza de boda tiene que ponerse en el tercer dedo de la mano izquierda», dijo, como una niña que repite con cautela su lección, «para que sirva de algo».
Habló de este modo, en voz alta y con bastante más pompa de la que le era habitual, como si deseara que alguien cuya buena opinión valoraba la oyera. En verdad, tenía en mente, ahora que por fin lograba poner en orden sus pensamientos, el efecto que su comportamiento habría tenido sobre el espíritu de la época. Estaba sumamente ansiosa por saber si los pasos que había dado en el asunto de comprometerse con Shelmerdine y casarse con él contaban con su aprobación. Ciertamente se sentía más ella misma. Su dedo no le había hormigueado ni una sola vez, o nada de importancia, desde aquella noche en el páramo. Aun así, no podía negar que tenía sus dudas. Estaba casada, es verdad; pero si el marido de una pasaba siempre navegando alrededor del cabo de Hornos, ¿era eso