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IV. Orlando

que era un jugador nato, juraba que era tan bueno como las carreras de caballos, y aseguraba que podría jugarlo para siempre. Pero Orlando pronto empezó a cansarse.

—De qué sirve ser una hermosa joven en la flor de la vida —preguntó—, si tengo que pasar todas las mañanas observando moscardones con un archiduque?

Empezó a aborrecer la vista del azúcar; las moscas la mareaban. Alguna salida a aquel apuro debía de haber, suponía, pero seguía siendo torpe en las artes de su sexo y, como ya no podía tumbar a un hombre de un golpe en la cabeza ni atravesarle el cuerpo con un estoque, no se le ocurrió mejor método que este.

Cazó un moscardón, le apretó suavemente la vida hasta matarlo (ya estaba medio muerto, o su compasión por las criaturas mudas no se lo habría permitido) y lo fijó con una gota de goma arábiga a un terrón de azúcar.

Mientras el archiduque contemplaba el techo, ella sustituyó con destreza este terrón por el que había apostado su dinero y, exclamando «¡Loo Loo!», declaró que había ganado la apuesta.

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