tumulto de emociones, hasta ahora? Una vieja, se respondió, pura piel y huesos. Zorrillas de mejillas encendidas demasiadas para mencionar. Una monja lloriquienta. Una aventurera cínica y de boca cruel. Una masa vacilante de encajes y protocolo. El amor no había significado para él más que aserrín y cenizas. Los goces que había obtenido de él le sabían sumamente insípidos. Se maravillaba de cómo había podido sobrellevarlo sin bostezar.
Pues al mirarla, la espesura de su sangre se derritió; el hielo se volvió vino en sus venas; oyó correr las aguas y cantar a los pájaros; la primavera estalló sobre el duro paisaje invernal; su virilidad despertó; empuñó una espada; embistió contra un enemigo más audaz que polaco o moro; se sumergió en aguas profundas; vio la flor del peligro creciendo en una grieta; tendió la mano—de hecho, estaba recitando a toda velocidad uno de sus sonetos más apasionados cuando la Princesa se dirigió a él: «¿Tendría la bondad de pasarme la sal?».