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IV. Orlando

Entonces el pequeño caballero dijo,

Él dijo después,

Dijo por fin,

Aquí, no se puede negar, había verdadero ingenio, verdadera sabiduría, verdadera profundidad. La compañía quedó sumida en la más absoluta consternación. Un dicho así ya era bastante malo; ¡pero tres, uno tras otro, en la misma noche! Ninguna sociedad podría sobrevivir a eso.

—Señor Pope —dijo la anciana lady R. con voz temblante de furia sarcástica—, usted tiene a bien tener gracia. El señor Pope enrojeció. Nadie pronunció una palabra. Permanecieron sentados en un silencio sepulcral unos veinte minutos. Luego, uno a uno, se levantaron y salieron de la habitación a hurtadillas. Era dudoso que volvieran a aparecer por allí después de semejante experiencia. Se oía a los muchachos con antorchas llamar a los carruajes por toda South Audley Street. Las puertas se cerraban de golpe y los carruajes se marchaban. Orlando se encontró cerca del señor Pope en la escalera. Su cuerpo

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