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VI

“¡Éxtasis!”, exclamó, “¡éxtasis!”.

Y entonces el viento amainó, las aguas se calmaron; y vio las olas ondear pacíficamente a la luz de la luna.

—¡Marmaduke Bonthrop Shelmerdine! —exclamó, de pie junto al roble.

El hermoso y reluciente nombre cayó del cielo como una pluma de color azul acero.

Lo vio caer, girando y retorciéndose como una flecha de caída lenta que surca maravillosamente el aire profundo.

Él venía, como siempre venía, en momentos de calma chicha; cuando la ola se desgarraba y las hojas manchadas caían lentamente sobre su pie en los bosques otoñales; cuando el leopardo estaba quieto; la nada brillaba sobre las aguas y nada se movía entre el cielo y el mar.

Entonces él llegaba.

Todo estaba en silencio ya. Se acercaba la medianoche. La luna se alzó lentamente sobre el bosque. Su luz levantó un castillo fantasma sobre la tierra.

Allí se alzaba la gran casa con todas sus ventanas ataviadas de plata. De muro o sustancia no quedaba nada. Todo era fantasma. Todo era silencio. Todo estaba iluminado como para la llegada de una Reina muerta.

Mirando hacia abajo, Orlando vio oscuros penachos agitarse en el patio, antorchas parpadeantes y sombras arrodilladas. Una Reina una vez más descendió de su carroza.

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