“Soy el guardián del cervatillo durmiente; la nieve me es querida; y la luna al levantarse; y el mar de plata. Con mis ropas cubro los huevos moteados de la gallina y la concha marina atigrada; cubro el vicio y la pobreza. Sobre todas las cosas frágiles, oscuras o dudosas, desciende mi velo. Por tanto, no hables, no reveles. ¡Perdona, oh, perdona!”
Aquí resuenan las trompetas.
“¡Fuera la Pureza! ¡Largo de aquí la Pureza!”
Entonces habla Nuestra Señora la Castidad:
“Yo soy aquella cuyo tacto congela y cuya mirada vuelve la piedra. He detenido a la estrella en su danza y a la ola en su caída.
Los Alpes más altos son mi morada; y cuando camino, los relámpagos destellan en mi cabello; allí donde caen mis ojos, matan. Antes de dejar que Orlando despierte, lo congelaré hasta los huesos.
¡Apiádate, oh, apiádate!”
Aquí resuenan las trompetas.
“¡Castidad, fuera de aquí! ¡Fuera la castidad!”
Then Our Lady of Modesty speaks, so low that one can hardly hear: