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Capítulo II

Esto era bastante malo y desgarraba los corazones de Hall, el halconero; de Giles, el caballerizo; de la señora Grimsditch, el ama de llaves; del señor Dupper, el capellán.

Un gran caballero como aquel, decían, no tenía necesidad de libros. Que les dejara los libros, decían, a los paralíticos o a los moribundos.

Pero aún faltaba lo peor. Pues una vez que la enfermedad de la lectura se apodera del organismo, lo debilita de tal modo que se convierte en fácil presa de esa otra plaga que habita en el tintero y se agusana en la pluma. El desgraciado le da por escribir.

Y si esto ya es bastante malo en un hombre pobre, cuya única propiedad es una silla y una mesa bajo un techo que gotea —pues, después de todo, no tiene mucho que perder—, la situación de un hombre rico, que tiene casas y ganado, sirvientas, asnos y ropa de blanca línea, y aun así escribe libros, es de una mezquindad extrema. Todo el sabor se le escapa; está acribillado por hierros candentes; roído por alimañas. Daría hasta el último centavo que posee (tal es la malignidad del germen) por escribir un pequeño libro y volverse famoso; sin embargo, todo el oro del Perú no le comprará el tesoro de una línea bien torneada.

Así que cae en la consunción y la enfermedad, se vuela los sesos, vuelve el rostro hacia la pared. No importa en qué actitud lo encuentren. Ha cruzado las puertas de la Muerte y conocido las llamas del Infierno.

Por fortuna, Orlando gozaba de una constitución robusta, y la enfermedad (por razones que se darán en breve) jamás lo quebrantó como ha quebrantado a muchos de sus coetáneos. Pero quedó profundamente prendado de ella, como demuestra la continuación.

Pues cuando llevaba una hora más o menos leyendo a sir Thomas Browne, y el ladrido del ciervo y la voz del sereno indicaban que era la profundidad de la noche y que todo el mundo dormía a salvo, cruzó la

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