Él tenía un castillo en las Hébridas, pero estaba en ruinas, le dijo. Los alcatraces se banqueteban en el salón de honor. Había sido soldado y marinero, y había explorado el Oriente. Iba de camino ahora para unirse a su bergantín en Falmouth, pero el viento había caído y solo cuando el vendaval soplaba del suroeste podía hacerse a la mar. Orlando miró apresuradamente desde la ventana del comedor el leopardo dorado de la veleta. Por fortuna, su cola apuntaba exactamente al este y estaba firme como una roca. > —¡Ay, Shel, no me dejes! —exclamó—. Estoy perdidamente enamorada de ti —dijo. Apenas las palabras habían salido de su boca cuando una terrible sospecha acudió a la mente de ambos
—¡Eres una mujer, Shel! —exclamó ella.
—¡Es usted un hombre, Orlando! —exclamó.
Nunca hubo una escena semejante de protestas y demostración desde que el mundo fue creado.
Cuando terminó y volvieron a sentarse, ella le preguntó qué era eso del vendaval del sudoeste. ¿A dónde se dirigía?
—Por el de Hornos —dijo brevemente, y se sonrojó. (Pues un hombre tenía que sonrojarse como una mujer, solo que por motivos más bien distintos.) Fue solo a base de una gran insistencia por su parte y del uso de mucha intuición que logró deducir que su vida transcurría en la más desesperada y espléndida de las aventuras: la de circunnavegar el cabo de Hornos en plena tempestad. Se habían partido mástiles; las velas se habían desgarrado hasta quedar hechas jirones (tuvo que arrancarle la confesión). A veces el barco se había hundido, y él había quedado como el único superviviente en una balsa con una galleta.