El biógrafo se enfrenta ahora a una dificultad que tal vez sea mejor confesar que disimular.
Hasta este punto al narrar la historia de la vida de Orlando, los documentos, tanto privados como históricos, han hecho posible cumplir con el primer deber de un biógrafo, que es marchar pesadamente, sin mirar a diestra ni siniestra, sobre las huellas indelebles de la verdad; sin dejarse tentar por las flores; sin importarle la sombra; adelante y adelante metódicamente hasta que caigamos de golpe en la tumba y escribamos finis en la lápida sobre nuestras cabezas.
Pero ahora llegamos a un episodio que se interpone justo en nuestro camino, de modo que es imposible ignorarlo. Y, sin embargo, es oscuro, misterioso y carece de documentación; de modo que es imposible explicarlo. Podrían escribirse volúmenes en su interpretación; sistemas religiosos enteros fundados en su significado. Nuestro simple deber es exponer los hechos tal como se conocen, y dejar así que el lector haga con ellos lo que pueda.
En el verano de aquel desastroso invierno que presenció la helada, las inundaciones, la muerte de muchos millares y la total ruina de las esperanzas de Orlando —pues había sido desterrado de la Corte; caído en profunda desgracia ante los nobles más poderosos de su época; la casa irlandesa de Desmond estaba justamente indignada; y el rey ya tenía bastantes problemas con los irlandeses como para regodearse con este nuevo revés—, en aquel verano Orlando se retiró a su gran mansión en el campo y allí vivió en completa soledad.
Una mañana de junio —era sábado 18— no se levantó a su hora habitual, y cuando su mozo de cuadra fue a llamarlo, lo encontró