alzando los ojos de nuevo, contempló al águila remontarse en vuelo, e imaginó sus arrobamientos y los hizo suyos. Al regresar a casa, saludó a cada estrella, a cada pico y a cada hoguera de vigilancia como si le hicieran señales a ella sola; y por fin, cuando se arrojó sobre su estera en la tienda de los gitanos, no pudo evitar prorrumpir de nuevo en: ¡Qué bueno de comer! ¡Qué bueno de comer! > (Pues es un hecho curioso que, aunque los seres humanos poseen medios de comunicación tan imperfectos que solo pueden decir «bueno de comer» cuando quieren decir «bello» y viceversa, aun así soportarán la burla y el incomprensión antes que guardarse para sí cualquier
Todos los jóvenes gitanos se echaron a reír.
Pero Rustum el Sadi, el viejo que había sacado a Orlando de Constantinopla en su burro, se quedó en silencio.
Tenía una nariz como una cimitarra; sus mejillas estaban surcadas como por la bajada milenaria de granizo de hierro; era moreno y de mirada avizor, y mientras estaba sentado tirando de su hookah, observaba a Orlando detenidamente.
Sospechaba profundamente que el Dios de ella era la Naturaleza.
Un día la encontró en lágrimas. Interpretando esto en el sentido de que su Dios la había castigado, le dijo que no le extrañaba. Le mostró los dedos de su mano izquierda, marchitados por la helada; le mostró su pie derecho, aplastado donde había caído una roca. Esto, dijo, era lo que su Dios les hacía a los hombres.
Cuando ella dijo: «Pero tan hermoso» (But so beautiful), usando la palabra en inglés, él negó con la cabeza; y cuando ella lo repitió, se enfadó. Vio que ella no creía lo que él creía, y eso bastaba, por sabio y anciano que fuera, para enfurecerlo.