profundamente dormido. Tampoco pudo ser despertado. Yacía como en un trance, sin respiración perceptible; y aunque pusieron a perros a ladrar bajo su ventana; címbalos, tambores, huesos golpeados perpetuamente en su habitación; una planta de tojo bajo su almohada; y cataplasmas de mostaza en sus pies, aun así no se despertó, ni probó bocado, ni mostró señal alguna de vida durante siete días enteros.
Al séptimo día se despertó a su hora habitual (un cuarto antes de las ocho, exactamente) y echó de su cuarto a toda la caterva de esposas plañideras y adivinos del pueblo; lo cual era bastante natural; pero lo extraño fue que no mostró conciencia de trance alguno, sino que se vistió y mandó llamar a su caballo como si se hubiera despertado del sueño de una sola noche.
Sin embargo, se sospechaba que debía de haberse producido algún cambio en los recovecos de su cerebro, pues aunque estaba perfectamente cuerdo y parecía más serio y remilgado en sus maneras que antes, mostraba un recuerdo imperfecto de su vida pasada.
Escuchaba cuando la gente hablaba de la gran helada, del patinaje o del carnaval, pero jamás daba muestras —salvo al pasarse la mano por la frente como para disipar alguna nube— de haberlos presenciado él mismo.
Cuando se comentaban los acontecimientos de los últimos seis meses, no parecía tanto angustiado como desconcertado, como si le turbaran los confusos recuerdos de un tiempo muy lejano o tratara de recordar historias que le hubiera contado otro.
Se observó que, si se mencionaba a Rusia, a las princesas o a los barcos, caía en una melancolía de índole desasosegada y se levantaba para mirar por la ventana, o llamaba a uno de los perros, o tomaba un cuchillo y tallaba un trozo de madera de cedro.