Pero ¿qué, se preguntará el lector con cierta exasperación, ocurrió mientras tanto? En tres horas, una compañía semejante debe de haber dicho las cosas más ingeniosas, más profundas y más interesantes del mundo.
Eso parecería, en efecto. Pero el hecho es que no dijeron nada. Es una curiosa característica que comparten con todas las sociedades más brillantes que el mundo ha visto.
La vieja Madame du Deffand y sus amigos hablaron durante cincuenta años sin parar. Y de todo ello, ¿qué queda? Quizá tres ocurrencias ingeniosas.
De modo que tenemos la libertad de suponer o bien que no se dijo nada, o bien que no se dijo nada ingenioso, o bien que la fracción de tres ocurrencias ingeniosas duró dieciocho mil doscientos cincuenta noches, lo cual no deja una generosa ración de ingenio para ninguna de ellas.
La verdad parecería ser —si es que nos atrevemos a usar tal palabra en semejante contexto— que todos estos grupos de personas se hallan bajo un encanto. La anfitriona es nuestra Sibila moderna. Es una hechicera que somete a sus invitados a un sortilegio. En esta casa se creen felices; en aquella, ingeniosos; en una tercera, profundos. Todo es una ilusión (lo cual no va en su contra, pues las ilusiones son las cosas más valiosas y necesarias de todas, y quien es capaz de crear una figura entre los mayores benefactores del mundo), pero como es sabido que las ilusiones