exclamar (pues nuestra paciencia se está agotando), tuvieran más consideración con sus biógrafos! ¿Qué hay más irritante que ver a nuestro sujeto, en quien hemos dilapidado tanto tiempo y esfuerzo, escaparse por completo de nuestro control y entregarse —testigo de ello son sus suspiros y jadeos, sus rubores, sus palideces, sus ojos ahora brillantes como lámparas, ahora demacrados como amaneceres—, qué hay más humillante que ver toda esa pantomima de emoción y entusiasmo representada ante nuestros ojos cuando sabemos que lo que la provoca —el pensamiento y la imaginación— carece de la más absoluta importancia?
Pero Orlando era una mujer—Lord Palmerston acaba de demostrarlo. Y cuando escribimos la vida de una mujer, podemos, se acuerda, renunciar a nuestra exigencia de acción y sustituirla por el amor. El amor, ha dicho el poeta, es toda la existencia de la mujer. Y si miramos por un momento a Orlando escribiendo en su mesa, debemos admitir que jamás hubo una mujer más idónea para esa vocación. Ciertamente, puesto que es una mujer, y una mujer hermosa, y una mujer en la flor de la vida, pronto abandonará esta pretensión de escribir y pensar y empezará al menos a pensar en un guardabosques (y mientras piense en un hombre, a nadie le importa que una mujer piense). Y