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Capítulo II

Recordando con avidez este y otros indicios de su incapacidad para la vida en sociedad, se apoderó de él una esperanza inefable de que toda la turbulencia de su juventud, su torpeza, sus rubores, sus largas caminatas y su amor por el campo demostraban que él mismo pertenecía a la raza sagrada más que a la noble —que era escritor por nacimiento, más que aristócrata—. Por primera vez desde la noche de la gran crecida, era feliz.

Encargó entonces al señor Isham de Norfolk que entregara al señor Nicholas Greene, de Clifford’s Inn, un documento en el que se exponía la admiración de Orlando por sus obras (pues Nick Greene era un escritor muy famoso por entonces) y su deseo de conocerle; lo cual apenas se atrevía a pedir; pues no tenía nada que ofrecer a cambio; pero si el señor Nicholas Greene se dignaba a visitarle, una carroza con cuatro caballos estaría en la esquina de Fetter Lane a la hora que el señor Greene tuviera a bien señalar, para traerle sano y salvo a la casa de Orlando. Uno puede

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