Gálata; allí los peregrinos de turbante verde sin ojos ni nariz, pidiendo limosna; allí los perros parias recogiendo desperdicios; allí las mujeres con chal; allí los innumerables burros; allí los hombres a caballo que llevaban pértigas largas. Pronto, toda la ciudad bullía con el chasquido de los látigos, el golpear de los gongs, los llamados a la oración, la paliza a las mulas y el estrépito de las ruedas con herrajes de bronce, mientras agrios olores, procedentes del pan en fermentación, el incienso y las especias, ascendían incluso hasta las alturas de Pera misma y parecían el aliento mismo de aquella población estridente, multicolores y bárbara.
Nada, pensó, contemplando el paisaje que ahora centelleaba bajo el sol, podría parecerse menos a los condados de Surrey y Kent o a las ciudades de Londres y Tunbridge Wells.
A derecha e izquierda se alzaban con calva y pétrea prominencia las inhospitalarias montañas asiáticas, de las que acaso pendiera el castillo árido de algún que otro jefe de bandidos; mas vicaría no había ninguna, ni casa solariega, ni cabaña, ni roble, olmo, violeta, hiedra o silvestre eglantina. No había setos donde crecieran los helechos, ni campos donde pastaran las ovejas. Las casas eran blancas como cáscaras de huevo y tan desnudas.
Que él, que era raíz y fibra inglesa, se regocijara sin embargo en lo más hondo de su corazón con este panorama agreste, y mirara y mirara aquellos desfiladeros y lejanas cumbres planeando viajes allí a solas a pie por donde solo la cabra y el pastor habían pisado antes; que sintiera una pasión de afecto por las flores brillantes y desatemporales, que amara a los perros parias y desaliñados por encima incluso de sus lebreles noruegos en casa, y que aspirara con avidez en sus fosas nasales el olor acre y penetrante de las calles, le sorprendía.
Se preguntó si, en la época de las Cruzadas, alguno de sus antepasados se había liado con una campesina circasiana; lo juzgó posible; advirtió cierta oscuridad en su tez y, volviendo a entrar, se retiró a tomar un baño.