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I

En esta época de su vida, cuando su cabeza rebosaba de rimas y nunca se iba a la cama sin ingeniar algún retruécano, la mejilla de la hija de un mesonero le parecía más fresca y el ingenio de la sobrina de un guardabosque le parecía más agudo que los de las damas de la Corte.

De ahí que empezara a acudir con frecuencia a Wapping Old Stairs y a los merenderos por la noche, envuelto en una capa gris para ocultar la estrella en su pecho y la liga en su rodilla.

Allí, con una taza ante sí, entre los senderos de arena y las boleras y toda la sencilla arquitectura de tales sitios, escuchaba las historias de penalidades, horror y crueldad de los marineros en el Caribe; cómo algunos habían perdido los dedos de los pies, otros la nariz⁠—pues la historia oral nunca era tan redonda ni tan bellamente colorida como la escrita. Sobre todo le encantaba oírles entonar a voz en grito sus canciones de las Azores, mientras los periquitos, que habían traído de aquellas tierras, picoteaban los anillos de sus orejas, golpeaban con sus duros picos codiciosos los rubíes de sus dedos y maldecían tan vilmente como sus amos.

Las mujeres no eran apenas menos audaces en su habla ni menos libres en sus maneras que los pájaros. Se posaban en su rodilla, le echaban los brazos al cuello y, adivinando que algo fuera de lo común se ocultaba bajo su capa de sayal, estaban tan ansiosas por llegar al fondo del asunto como el propio Orlando.

Tampoco faltaba la oportunidad. El río bullía temprano y tarde con barcazas, botes de remo y embarcaciones de toda clase. Todos los días zarpaba hacia alta mar algún hermoso bergantín con destino a las Indias; de vez en cuando otro, ennegrecido y andrajoso, con hombres peludos y desconocidos a bordo, arrojaba el ancla penosamente. Nadie echaba de menos a un muchacho o a una muchacha si se demoraban un poco en el agua después de la puesta del sol; ni nadie

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