azul acero de uno de ellos cayó entre el brezo. Le encantaban las plumas de pájaro montés. De muchacho solía coleccionarlas. La recogió y se la metió en el sombrero. El aire sopló sobre su espíritu de algún modo y lo reanimó. Mientras los grajos revoloteaban y giraban sobre su cabeza y pluma tras pluma caía brillando a través del aire amoratado, ella los siguió, con su largo abrigo flotando a su espalda, por el brezal, colina arriba. Hacía años que no caminaba tanto. Se había guardado seis plumas del césped, las había deslizado entre las yemas de los dedos y presionado contra los labios para sentir su plumaje suave y reluciente, cuando vio, brillando en la ladera, un charco plateado, misterioso como el lago en el que sir Bedivere arrojó la espada de Arturo. Una sola pluma tembló en el aire y cayó en medio de él. Entonces, un éxtasis extraño la invadió. Alguna idea descabellada tuvo de seguir a los pájaros hasta el confín del mundo y arrojarse sobre el césped esponjoso y beber allí el olvido, mientras la risa ronca de los grajos sonaba sobre ella. Aceleró el paso; corrió; tropezó; las duras raíces de los brezos la arrojaron al suelo. Tenía el tobillo roto. No podía levantarse. Pero allí se quedó tendida, contenta. El aroma del mirto de pantano y de la reina de los prados le llenaba las fosas nasales. La risa ronca de los grajos le resonaba en los oídos. «He encontrado a mi compañero», murmuró. «Es el brezal. Soy la novia de la naturaleza», susurró, entregándose con arrebato a los fríos abrazos de la hierba mientras yacía envuelta en su abrigo en la hondonada junto al charco. «Aquí me quedaré tumbada». (Una pluma cayó sobre su frente). «He encontrado un laurel más verde que el abeto. Siempre tendré la frente fresca. Estas son plumas de pájaros monteses: del búho, del chotacabras. Soñaré sueños salvajes. Mis manos no llevarán alianza», continuó, quitándosela del dedo. «Las raíces se enredarán en ellas. ¡Ah!», suspiró, apoyando voluptuosamente la cabeza en su esponjosa almohada,
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V. La gran nube
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