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Capítulo II

Hablaba sin cesar de sí mismo, pero era una compañía tan agradable que uno podía pasarse la vida escuchando la historia de sus tercianas. Luego, era tan ingenioso; luego, era tan irreverente; luego, se tomaba tantas libertades con los nombres de Dios y de la Mujer; luego, estaba tan lleno de extraños oficios y tenía un saber tan singular en la cabeza; sabía preparar la ensalada de trescientos modos distintos; conocía todo lo posible sobre la mezcla de vinos; tocaba media docena de instrumentos musicales, y fue la primera persona, y tal vez la última, en tostar queso en la gran chimenea italiana.

Que no distinguiera un geranio de un clavel, un roble de un abedul, un mastín de un lebrel, un cordero de una oveja, el trigo de la cebada, la tierra de labor del barbecho; que ignorara la rotación de los cultivos; que creyera que las naranjas crecen bajo tierra y los nabos en los árboles; que prefiriera cualquier paisaje urbano a cualquier paisaje rural⁠: todo esto y mucho más asombraba a

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