una entera y alegre ciudad se había alzado sobre su pavimento, había ahora un curso de turbulentas aguas amarillas. El río había recuperado su libertad durante la noche. Era como si un manantial de azufre (opinión a la que se inclinaban muchos filósofos) hubiera brotado de las regiones volcánicas de abajo y hecho añicos el hielo con tal vehemencia que apartó furiosamente los enormes y masivos fragmentos. El solo aspecto del agua bastaba para marear a cualquiera. Todo era tumulto y confusión. El río estaba cubierto de témpanos. * Algunos de estos eran tan anchos como una cancha de bochas y tan altos como una casa; * otros no más grandes que el sombrero de un hombre, pero retorcidos de la manera más fantástica. Ahora bajaba todo un convoy de bloques de hielo que hundía todo lo que se interponía en su camino. Ahora, arremolinándose y girando como una serpiente atormentada, el río parecía precipitarse entre los fragmentos y arrojarlos de orilla a orilla, de modo que se les podía oír chocar estrepitosamente contra los muelles
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