Después de noviembre, viene diciembre. Luego enero, febrero, marzo y abril. Después de abril viene mayo. Le siguen junio, julio y agosto. El siguiente es septiembre. Luego octubre y así, he aquí que estamos de vuelta en noviembre otra vez, con un año entero cumplido.
Este método de escribir biografías, aunque tiene sus méritos, es quizá un tanto parco, y el lector, si seguimos por este camino, tal vez se queje de que puede recitar el calendario por sí mismo y ahorrarse así el dinero que la Hogarth Press considere oportuno cobrar por este libro. Pero ¿qué puede hacer el biógrafo cuando su sujeto lo ha metido en el aprieto en el que Orlando nos ha metido ahora? La vida, según han acordado todos aquellos cuya opinión merece la pena tener en cuenta, es el único tema adecuado para el novelista o el biógrafo; la vida, han decidido las mismas autoridades, no tiene absolutamente nada que ver con estar sentado quieto en una silla y pensar. El pensamiento y la vida están tan distantes como los polos. Por tanto —puesto que estar sentado en una silla y pensar es precisamente lo que Orlando está haciendo ahora—, no queda más remedio que recitar el calendario, desgranar el rosario, sonarse la nariz, remover el fuego, mirar por la ventana, hasta que ella termine. Orlando estuvo tan quieta que se habría podido oír la caída de un alfiler. ¡Ojalá, en verdad, hubiera caído un alfiler! Eso habría sido vida, más o menos. O si una mariposa hubiera aleteado a través de la ventana y se hubiera posado en su silla, se habría podido escribir sobre eso. O supongamos que se hubiera levantado y hubiera matado una avispa. Entonces, de inmediato, podríamos sacar nuestras plumas y escribir. Pues habría sangre derramada, aunque fuera la sangre de una avispa. Donde hay sangre hay vida. Y si matar una avispa es la más absoluta nadería en comparación con matar a un hombre, aun así es un tema más adecuado para el novelista o el biógrafo que este mero ensoñar; este pensar; este estar sentado en una silla día tras día, con un cigarrillo y una hoja de papel y una pluma y un tintero. ¡Si al menos los sujetos, podríamos