La forma de aquello, por azar de la fantasía, le trajo a la memoria el más temprano y persistente de sus recuerdos: el hombre de la gran frente en la sala de estar de los Twitchett, el hombre que se sentaba a escribir, o más bien a mirar, pero desde luego no a ella, pues nunca pareció verla posada allí con todas sus galas, por muy hermoso muchacho que debió de ser, no podía negarlo, y cada vez que pensaba en él, el pensamiento extendía a su alrededor, como la luna alzada sobre aguas turbulentas, una sábana de calma plateada.
Ahora su mano fue a parar a su pecho (la otra seguía en poder del Capitán), donde las páginas de su poema estaban a buen recaudo. Bien podría haber sido un talismán lo que allí guardaba. La distracción del sexo, que el suyo era, y lo que este significaba, se desvaneció; ahora solo pensaba en la gloria de la poesía, y los grandes versos de Marlowe, Shakespeare, Ben Jonson, Milton comenzaron a resonar y retumbar, como si un badajo de oro golpeara contra una campana de oro en la torre de la catedral que era su mente.
La verdad era que la imagen de la cúpula de mármol que sus ojos habían descubierto primero con tanta debilidad que sugería la frente de un poeta y hacía así revolotear una bandada de ideas irrelevantes, no era un fantasma, sino una realidad; y a medida que el barco avanzaba río abajo por el Támesis impulsado por un viento favorable, la imagen con todas sus asociaciones dio paso a la verdad, y se reveló ni más ni menos que como la cúpula de una inmensa catedral que se alzaba entre un calado de agujas blancas.
—San Pablo —dijo el capitán Bartolus, que estaba de pie a su lado—. La Torre de Londres —continuó—. El Hospital de Greenwich, erigido en memoria de la reina María por su esposo, su difunta Majestad Guillermo tercero. La abadía de Westminster. Las Casas del Parlamento. A medida que hablaba, cada uno de estos famosos edificios emergía a la vista. Era una hermosa mañana de septiembre. Una miríada de pequeñas