Fue una suerte para Orlando, aunque al principio resultara decepcionante, que así fuera, pues ahora empezó a vivir muy en compañía de hombres de genio. Tampoco eran tan diferentes del resto de nosotros como cabría haber supuesto. Addison, Pope, Swift, según descubrió, resultaron ser aficionados al té. Les gustaban las glorietas. Coleccionaban pequeños trozos de vidrio de colores. Adoraban las grutas. La alcurnia no les desagradaba. Los elogios les encantaban. Un día llevaban trajes color ciruela y al siguiente grises. El señor Swift tenía un hermoso bastón de Malaca. El señor Addison perfumaba sus pañuelos. Al señor Pope le dolía la cabeza. Un chismorreo no venía mal. Tampoco estaban libres de celos. (Estamos apuntando unas cuantas reflexiones que acudieron a la mente de Orlando de manera caótica). Al principio se molestó consigo misma por reparar en tales naderías, y guardó un cuaderno en el que apuntar sus dichos memorables, pero la página se quedó en blanco. Con todo, sus ánimos se reanimaron, y le dio por romper sus tarjetas de invitación a las grandes fiestas; dejó libres sus tardes; empezó a aguardar con ilusión la visita del señor Pope, la del señor Addison, la del señor
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IV. Orlando
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