hecho, estaba a punto de bajar de nuevo, sin comprar nada, pero se libró de semejante ultraje al pronunciar en voz alta y automáticamente el último artículo de su lista, que casualmente era «sábanas para una cama de matrimonio».
—Sábanas para cama de matrimonio —le dijo a un hombre en un mostrador y, por obra y gracia de la Providencia, resultaba ser que sábanas era lo que el hombre de aquel mostrador en particular vendía.
En cuanto a Grimsditch, no, Grimsditch había muerto; Bartholomew, no, Bartholomew había muerto; Louise entonces—Louise había acudido a ella toda sofocada el otro día, pues había encontrado un agujero en la parte inferior de la sábana de la cama real.
Muchos reyes y reinas habían dormido allí—Isabel; Jacobo; Carlos; Jorge; Victoria; Eduardo; no me extraña que la sábana tuviera un agujero. Pero Louise estaba segura de saber quién lo había hecho. Había sido el príncipe consorte.
—¡Sal e boche! —dijo (pues había habido otra guerra; esta vez contra los alemanes).
«Sábanas para una cama de matrimonio», repitió Orlando como