El único recurso que ahora nos queda es mirar por la ventana.
Había gorriones; había estorninos; había una serie de palomas, y uno o dos grajos, todos ocupados a su manera. Uno encuentra un gusano, otro un caracol. Uno aletea hasta una rama, otro da una carrerita por el césped.
Luego un criado cruza el patio, vistiendo un delantal de bayeta verde. Supuestamente anda enfrascado en algún devaneo con una de las criada en la despensa, pero como no se nos ofrece ninguna prueba visible, allí en el patio, solo podemos desear lo mejor y dejarlo estar.
Las nubes pasan, finas o espesas, alterando en algo el color de la hierba de abajo. El reloj de sol marca la hora a su manera habitual y críptica.
La mente de uno empieza a plantear una o dos preguntas, ociosamente, en vano, sobre esta misma vida. La vida, canta, o más bien tararea, como una tetera en el fogón, La vida, la vida, ¿qué eres tú? ¿Luz u oscuridad, el delantal de bayeta del pinche o la sombra del estornino sobre la hierba?
Vámonos, pues, a explorar en esta mañana de verano, cuando todos adoran la flor del ciruelo y a la abeja.
Y entre rodeos y vacilaciones, preguntémosle al estornino (que es un ave más sociable que la alondra) qué puede pensar al borde del cubo de basura, de donde extrae entre los palitos restos de cabello de fregona.
¿Qué es la vida?, preguntamos, apoyados en la valla del corral; ¡La vida, la vida, la vida!, grita el pájaro, como si hubiera oído y supiera con precisión qué queríamos decir con esta molesta e impertinente costumbre nuestra de hacer preguntas dentro y fuera de casa y de curiosear y deshojar margaritas, como es costumbre de los escritores cuando no saben qué decir a continuación.
Luego vienen aquí —dice el pájaro— y me preguntan qué es la vida; ¡la vida, la vida, la vida!