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V. La gran nube

no «¡La vida! ¡Un marido!»; y fue en pos de este objetivo que había ido a la ciudad y corrido por el mundo como se ha mostrado en el capítulo anterior. Tal es, sin embargo, la indomable naturaleza del espíritu de la época, que derriba a quien intenta oponersele con mucha más eficacia que a aquellos que se inclinan a su favor. Orlando se había inclinado de manera natural al espíritu isabelino, al espíritu de la Restauración, al espíritu del siglo XVIII, y en consecuencia apenas había advertido el cambio de una época a otra. Pero el espíritu del siglo XIX le era extremadamente antipático, y así la tomó y la quebró, y fue consciente de su derrota a manos de este como nunca antes lo había sido. Pues es probable que al espíritu humano le corresponda un lugar asignado en el tiempo; unos nacen de esta época, otros de aquella; y ahora que Orlando se había vuelto una mujer, con algo más de treinta años a decir verdad, los contornos de su carácter estaban fijos, y doblegarlos en sentido contrario resultaba intolerable.

Así que se quedó con aire apesadumbrado junto a la ventana del salón (Bartholomew había bautizado así la biblioteca), abatida por el peso de la crinolina que había adoptado sumisamente. Era más pesada y apagada que cualquier vestido que hubiera llevado hasta entonces. Ninguno había entorpecido tanto sus movimientos. Ya no podía cruzar a zancadas el jardín con sus perros, ni correr ligera hasta el alto montículo y dejarse caer bajo el roble. Sus faldas acumulaban hojas húmedas y paja. El sombrero con plumas se agitaba con la brisa. Los zapatos finos se empapaban enseguida y se cubrían de barro. Sus músculos habían perdido su flexibilidad. Se volvió nerviosa ante la posibilidad de que hubiera ladrones tras el friso y temerosa, por primera

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