tendida a— ¿qué lugar es este? ¿Reconocéis el Green y en el medio el campanario, y las puertas con un león yacente a cada lado? ¡Ah, sí, es Kew! Bueno, Kew servirá. Así pues, aquí estamos en Kew, y os enseñaré hoy (el dos de marzo) bajo el ciruelo, un jacinto de racimo, y un acroco, y un brote también en el almendro; de modo que pasear por allí es pensar en bulbos, peludos y rojos, metidos en la tierra en octubre; floreciendo ahora; y soñar con más de lo que con propiedad puede decirse, y sacar de su estuche un cigarrillo o incluso un puro, y echarse una capa bajo (como exige la rima) un roble, y sentarse allí, esperando al martín pescador, del que se dice que una vez se le vio cruzar al atardecer de orilla a orilla.
¡Espera! ¡Espera! El martín pescador viene; el martín pescador no viene.
He aquí, entretanto, las chimeneas de las fábricas y su humo; he aquí a los oficinistas de la ciudad pasando a toda velocidad en su barcaza ligera. He aquí a la anciana que pasea a su perro y a la criada que lleva su sombrero nuevo por primera vez y no en el ángulo correcto. He aquí a todos ellos. Aunque el Cielo ha decretado misericordiosamente que los secretos de todos los corazones permanezcan ocultos para que nos veamos arrastrados por siempre a sospechar algo, tal vez, que no existe; aún así, a través del humo de nuestro cigarrillo, vemos arder y saludar el espléndido cumplimiento de los deseos naturales por un sombrero, por un bote, por una rata en una zanja; como una vez uno vio arder —tontos brincos y saltos da la mente cuando se desparrama así por todo el plato y el órgano de Barbería toca— vio arder un fuego en un campo frente a unos alminares cerca de Constantinopla.
¡Salve, natural deseo! ¡Salve, felicidad! ¡Felicidad divina! y placer de toda clase, flores y vino, aunque una se marchite y el otro embriague; y billetes de media corona fuera de Londres los domingos, y cantar en una capilla oscura himnos sobre la muerte, y cualquier cosa, cualquier cosa que interrumpe y confunde el repiqueteo de las máquinas de escribir y el archivo de cartas y la forja de eslabones y cadenas, que unen al Imperio.