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I

columna vertebral de la tierra bajo su cuerpo; pues por tal tomaba la dura raíz del roble; o bien, ya que imagen seguía a imagen, era el lomo de un gran caballo lo que cabalgaba; o la cubierta de un barco que cabeceaba; en verdad era cualquier cosa, con tal de que fuera dura, pues sentía la necesidad de algo a lo que atar su corazón flotante; el corazón que tiritaba a su costado; el corazón que parecía rebosante de vendavales especiados y amorosos cada tarde hacia aquella hora en que salía a pasear. Al roble lo ató mientras yacía allí; gradualmente el aleteo dentro y fuera de él se aquietó; las pequeñas hojas pendían, los ciervos se detuvieron; las pálidas nubes de verano se quedaron inmóviles; sus extremidades se volvieron pesadas sobre el suelo; y estuvo tan quieto que, poco a poco, los ciervos se acercaron más, las grajas revolotearon a su alrededor, las golondrinas descendieron en picado y giraron en círculos, y las libélulas pasaron raudas, como si toda la fertilidad y la actividad amorosa de una tarde de verano se tejieran a la manera de una tela alrededor de su cuerpo.

Pasada una hora más o menos —el sol descendía

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