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nydus/OrlandoPublic
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III

Es, en efecto, muy lamentable, y mucho hay que deplorar que en esta etapa de la carrera de Orlando, cuando desempeñaba un papel importantísimo en la vida pública de su país, contemos con la menor cantidad de información. Sabemos que cumplió sus deberes de manera admirable; ahí están su baño de la Orden del Baño y su ducado como testigos. Sabemos que metió mano en algunas de las negociaciones más delicadas entre el rey Carlos y los turcos; de ello dan fe los tratados en la cámara acorazada de la Oficina de Registros. Pero la revolución que estalló durante su mandato, y el incendio que le siguió, han dañado o destruido de tal modo todos aquellos documentos de los cuales se podría extraer un registro fidedigno, que lo que podemos ofrecer es lastimosamente incompleto. A menudo el papel quedó tostado de un marrón oscuro en medio de la frase más importante. Justo cuando creíamos esclarecer un secreto que ha desconcertado a los historiadores durante cien años, había un agujero en el manuscrito lo suficientemente grande como para meter el dedo. Hemos hecho todo lo posible por reconstruir un escueto resumen a partir de los fragmentos carbonizados que quedan; pero a menudo ha sido necesario especular, conjeturar y hasta usar la imaginación.

El día de Orlando transcurría, al parecer, más o menos de este modo. Alrededor de las siete, se levantaba, se envolvía en una larga capa turca, encendía un cheruto y apoyaba los codos en el pretil. Así permanecía, contemplando la ciudad bajo sus pies, aparentemente embelesado. A esa hora la niebla era tan espesa que las cúpulas de Santa Sofía y las demás parecían flotar; poco a poco la niebla iba descubriéndolas; se veía que las cúpulas estaban firmemente fijas; ahí estaba el río; allí el puente de

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